'¿Te gustan los tebeos cuando dices que te gustan los tebeos?' por Carlos Pacheco.


Una de los clichés que más molestan a lo que aman los cómics es que se confunda al propio medio con los géneros que en el se publican. “Esta película es como un tebeo”…vale, ¿pero cómo un tebeo de que, capullo?


Uno de los momentos estrella de los salones de cómic ocurre cuando se acerca un aficionado con su carpeta bajo el brazo con la intención de convencerte para que “juzgues” su trabajo con el que aspira a convertirse en profesional y al abrir la carpeta descubres sorprendido que lo que tienes ante tus ojos no son mas que pin-ups de personajes, ni uno solo esbozo de algo que pueda parecerse de lejos a una página de historieta.


La dictadura de los géneros, de los personajes, que secuestra al medio que los hace nacer.


Pero no siempre es así. Ocasionalmente se acerca alguien con una carpeta repleta de viñetas, mejor o peor dibujadas, dependiendo de la edad, conocimiento o talento de quien te las enseña, pero que te demuestra que la pasión que alimenta esa afición se centra en hacer crecer el uso del lenguaje, de la gramática de la historieta. Esa persona quiere comprender los mecanismos del medio que ha elegido para contar todo aquello que hay dentro de ella, aunque también pudiese ser que el medio sea quien haya escogido primero.


La historieta es un medio onanista en casi todos sus pasos, desde la creación a la lectura. El autor trabaja sólo…y el lector disfruta (o padece) la lectura en soledad. Parece un hecho incuestionable, inamovible, así es y así debe seguir siendo. O parecia.


Porque algo ha cambiado en los últimos años.


De aquellos anuncios de Ceac y CCC, en los que la historieta se situaba a la altura de los cursos para oficial de paleta o de guitarra por oido, a las Academias de Dibujo controladas por autores profesionales que comenzaron a pulular en los últimos años y que permiten acortar considerablemente el camino que convierte al aficionado en un protoprofesional. Y estando todo eso muy bien…no es ni de lejos lo mejor.


Tengo que reconocer que mi paso por la ESDIP como autor invitado me lleno de una profunda y asquerosa envidia. O envidias, en plural, porque era imposible que las instalaciones en si mismas o un plantel de profesores de lujo no provocaran un rencor nostálgico hacia todas aquellas horas empleadas en descubrir por mi cuenta que Marta Kolinsky no era una bailarina rusa.


La verdadera envidia me la daban ellos, los que estaban allí para aprender.


Un grupo de gente con hambre de historieta, con ganas de descubrir los secretos del lenguaje, cada uno a su manera, con sus particulares mundos estéticos, y que en lugar de rodearse de afines que limiten las fronteras de esos mundos, los entremezclan, quizas sin ser conscientes de ello, hasta crear una vorágine creativa de la que solo puede salir beneficiada la historieta misma. Gente que no se asusta con los misterios de las nuevas herramientas ni las usan para aparentar una supuesta superioridad técnica, porque para ellos su presencia y su uso es tan natural como el lápiz mismo.


Porque sin que ellos aun lo sepan están construyendo lo que un día será este medio, y ese tiempo sea como yo quiero imaginarlo….sin compartimentos estancos, sin diatribas estúpidas entre pijameros, gafapastas, mangakas, etc sin ninguna de las limitaciones que han castrado a este medio y que ha permitido que sea secuestrado por seres tan efimeros, coyunturales y mutables como los personajes. Sus paginás estan llenas de influencias tan diversas como irreconciliables para muchos, pero que las llenan de una vitalidad nueva y necesaria.


Quizás me equivoque y el fundamentalismo que tan fervientemente hoy defienden muchos siga construyendo la historieta en unos años., pero no es eso lo que he visto en las páginas hechas por aquellos chicos y chicas a quienes conocí sentados frente a la tarima en la que bromeabamos Kenny Ruiz y yo.


Espero que el futuro sea de ellos, porque es el futuro que me gustaría conocer. Un futuro en manos de gente a la que, simplemente, le gusta los tebeos.


Carlos Pacheco.